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Amnesia y ornato: la muerte de la biblioteca universitaria

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Las bibliotecas han dejado de ser únicamente espacios para conservar y consultar libros. En muchos hogares, oficinas y transmisiones digitales funcionan como elementos decorativos, mientras que en las universidades enfrentan una transformación marcada por la expansión del libro electrónico, la aceleración de la vida académica y el predominio de la información utilitaria.

El problema no se reduce a que haya menos ejemplares impresos en los campus. La biblioteca universitaria también pierde su papel como lugar de encuentro, silencio, reflexión y diálogo. Cuando ese espacio se debilita, se deteriora una parte esencial de la universidad entendida como comunidad dedicada a la búsqueda del saber.

Del espacio de lectura al objeto ornamental

La presencia de libros en una habitación puede proyectar una imagen de cultura, inteligencia o prosperidad. Sin embargo, una estantería llena no demuestra que esos libros sean leídos. El libro convertido en objeto de exhibición comunica una identidad, pero puede permanecer alejado de la experiencia real de la lectura.

Las bibliotecas nacieron, antes que nada, como espacios públicos y comunitarios. Además de resguardar acervos, debían ofrecer condiciones para leer, estudiar y acceder al conocimiento. Esa función colectiva las distingue de una colección privada utilizada como ornamento.

Una red amplia, con espacios cerrados

La Red Nacional de Bibliotecas Públicas registra 7 mil 476 bibliotecas en México, de las cuales 1 mil 14 aparecen como cerradas y 6 mil 462 como abiertas. La Biblioteca Vasconcelos, en la Ciudad de México, destaca por sus dimensiones y visibilidad dentro de esa red, pero su existencia no elimina los desafíos que enfrentan otros recintos.

El dato muestra que la discusión sobre las bibliotecas no pertenece únicamente al terreno simbólico. También involucra infraestructura, acceso y continuidad de los servicios bibliotecarios. Una biblioteca cerrada representa una interrupción concreta para las comunidades que dependen de ella.

La universidad ante el libro digital

La proliferación del libro digital redujo la necesidad de almacenar físicamente grandes cantidades de ejemplares y modificó la relación entre estudiantes, profesores y acervos. Internet amplió el acceso a la información, pero no necesariamente sustituyó las condiciones de concentración y profundidad que ofrece la lectura reposada.

Al mismo tiempo, la universidad ha privilegiado con frecuencia la capacitación y la información inmediata por encima de la reflexión. Los manuales, códigos y tutoriales cumplen una función importante, pero no agotan la experiencia del conocimiento ni reemplazan la lectura de obras que permiten comprender la historia, la cultura y la condición humana.

La biblioteca propicia el encuentro con el libro y, a través de él, el encuentro con uno mismo y con la humanidad.

Por eso, la agonía de la biblioteca universitaria puede leerse como un síntoma de una crisis más amplia. No significa que los universitarios hayan dejado de leer por completo, sino que la lectura profunda y la conversación intelectual han perdido centralidad frente al ruido, la velocidad y la búsqueda de respuestas inmediatas.

Defender la biblioteca universitaria implica defender el tiempo para pensar, la memoria y la posibilidad de formar una comunidad alrededor del conocimiento. Sin esos espacios, la universidad corre el riesgo de conservar sus edificios y sus programas, pero perder parte de su razón de ser.